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Tras cuatro décadas de su creación, en este parque natural se han establecido importantes corredores biológicos para especies como la danta, el cóndor o el tigrillo.

El parque, además de nevados, es una extensa zona de bosque altoandino y de páramo. Allí nace el agua de la que se abastecen 2 millones de personas. 

No es de extrañar que Milton y Gabriel se detengan, como esta vez, al filo del cerro y se queden estáticos para admirar la inmensidad del bosque, del páramo, de los nevados, para observar la vertiginosa profundidad de un paisaje que se les antoja único, aunque lo hayan visto cientos de veces. Desde aquí se aprecian los resultados de 40 años de trabajo. Por eso ellos, guardaparques de vieja data, vuelven y se asoman y, como todos, vuelven a quedar pasmados. Son las 8:30 a.m. y ya se siente la tibieza del sol. Estamos a 4.150 msnm, de pie sobre un lugar cuyo nombre es perfecto para el vértigo que genera: la Curva del Putas.

Desde este punto del Parque Natural Los Nevados —el lado norte, el que colinda con Manizales— se ve cómo el clima ha ido menguando el hielo de algunos glaciales hasta convertirlos en paramillo. Y se ve también buena parte de las 58.300 hectáreas que, poco a poco, le han ido ganando a la agricultura y a la ganadería extensiva. “Mire —dice Milton mientras señala las laderas del alto de Santa Bárbara—: se alcanzan a ver varios colores, distintos tonos de verde. No es más que la diferencia entre la zonas que están en recuperación natural y las áreas de pastoreo”. “Hace 20 años —complementa Gabriel— empezamos a ganar terreno, permitiendo que la vegetación colonizara la montaña nuevamente”.

Sí: la vegetación —el frailejón, la palma de cera del Quindío, el pajonal, el eunuco, el pino de páramo, el sietecueros, el romero— se ha vuelto a tragar la montaña. Y eso, en medio de tantos pastizales que alguna vez tuvo la región, ha logrado revivir los corredores naturales que habían perdido las especies, ha establecido linderos naturales para que animales como el cóndor, el pato andino, la danta y el venado conejo se desplacen de nuevo por lugares que alguna vez fueron suyos y que son mucho más que cimas con nieve. Porque, a pesar de que el nombre del parque remita inevitablemente a ellas, lo cierto es que hay ecosistemas mucho más diversos y mucho más trascendentales: 4.723 hectáreas de bosque altoandino, 38.600 de páramo y 12.299 de superpáramo.

Allí nace el agua. Y de ella se abastecen dos millones de personas, de Tolima, Quindío, Caldas y Risaralda.

A veces es difícil lidiar con la gente, con el turismo. Es difícil cerrarles el paso para que no atraviesen las áreas de conservación, para que no trepen más allá del valle de las Tumbas, a varios kilómetros antes del nevado del Ruiz. Hay incluso quienes se oponen a la gestión de parques y los critican con dureza: porque cobran la entrada, porque aseguran que no pueden preservar, porque los que son viejos no tienen recuerdos de incendios ni de tragedias.

Claro, para ellos un hecho histórico como el de anoche puede ser apenas una nimiedad: toparse, como hace mucho tiempo no sucedía, con un zorro. Cara a cara. O con un puma, como le pasó hace un par de años a Gabriel, y no le quedó de otra, por la alegría y la emoción, que ponerse a llorar.

El zorro lo vio Sebastián, el guardaparques de turno en el refugio del Cisne, una cabaña de madera a 4.050 msnm. “Desde la primera vez que subí, en 1995, jamás he visto uno. Y eso para nosotros es un reporte excepcional. Es una muestra de que, paso a paso, estamos cumpliendo la tarea”, relata Milton.

Mientras habla, desde el filo de la Curva del Putas, de la que nadie se guarda el único adjetivo que podría describirla, observa, lejos, un par de camionetas que se van por unas trochas encumbradas. Son senderos prohibidos. Por ahora: el volcán, el Ruiz, el mismo de Armero, el del 13 de noviembre del 85, está en actividad. “Y así como tenemos que proteger al ambiente de la gente —dice—, también debemos proteger a la gente del ambiente”. Pero a veces puede más la terquedad, un mal que en esta cordillera helada e insondable puede resultar letal. Por eso, en ocasiones hay que lidiar hasta con un par de muertos al año.

Es inevitable: a veces se cuelan, pese a que en estas cuatro décadas se han reforzado los programas de prevención, de vigilancia, de control, de restauración ecológica, de actividades de mitigación. Se cuelan e irrumpen en los corredores biológicos donde se han sembrado plantas que crecen en los refugios. Algunos en forma de turismo, otros para talar o hacer extracción vegetal o mineral.

Entran pese a las advertencias, pese a que los sismómetros y los sismógrafos del Observatorio Vulcanológico de Manizales, que lanzan alertas las 24 horas en tiempo real, señalen que de vez en vez puede haber sismos. Aunque sus cámaras, que jamás dejan de funcionar, adviertan que la bruma es espesa o la fumarola del Ruiz está más grande. Como lo estuvo anoche, cuando, según Gabriel, entre el aguacero, alcanzó los dos kilómetros de alto. Dice que puede alcanzar mucho más.

FUENTE : http://www.elespectador.com/noticias/medio-ambiente

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