Ya no basta el disco: móntales un bazar

Pink Floyd certifica que, con la industria musical por los suelos, la ‘aristocracia’ del rock busca clientela mediante abrumadoras ediciones de lujo y todo tipo de material extra.


Palabras mayores: estamos seguramente ante el legado más valioso de la historia del rock (si colocamos a los Beatles en la categoría de pop). El catálogo de Pink Floyd despacha millones de copias anualmente y el grupo lo cuida con la avaricia de un Tío Gilito. Hace poco, los músicos llevaron a juicio a su discográfica, por permitir que se vendieran temas sueltos en iTunes. Y ganaron: legalmente, hoy solo se puede descargar Money como parte del álbum The dark side of the moon. Pink Floyd también ha racaneado esos complementos -descartes, maquetas, versiones alternativas, directos- que aceleran el pulso de los aficionados más completistas.

Todo cambia. Este otoño, Pink Floyd empieza a poner en circulación las joyas de la abuelita. Una oferta tan compleja que parece el sueño húmedo de todo un equipo de mercadotecnia. Han ideado una gama de productos calibrados según el poder adquisitivo y el grado de fanatismo del cliente potencial. Establecen tres niveles: las Discovery editions llegan de golpe el 27 de septiembre y contienen remasterizaciones de los 14 elepés de estudio, realizadas por el ingeniero James Guthrie. A partir de esa fecha, de forma escalonada, aparecerán algunas Experience editions; de momento, The dark side of the moon, Wish you were here y The wall, todas con un CD extra que rescata directos y curiosidades inéditas. Esos tres discos también estarán disponibles en la versión Inmersion: cajas que costarán más de cien euros y que sumarán merchandising (¡bufandas inspiradas por las portadas!) más una variedad de mezclas -premezcla, surround, cuadrofónica, etcétera- y material audiovisual, en CD, DVD y Blu-ray.

No huyan, todavía quedan flecos: una caja Discovery, que reúne los 14 discos originales, de The piper at the gates of dawn (1967) a The division bell (1994). Más un “grandes éxitos remasterizados” denominado A foot in the door. Hay dos formas de contemplar semejante avalancha: asistimos al más-difícil-todavía de unos gentlemen que nunca han dejado que el polvo se asiente sobre su archivo, y que intentan vender por enésima vez un material que sus fans poseen en varias ediciones, usando el anzuelo de las grabaciones inéditas y las nuevas aportaciones visuales del mago Storm Thorgerson. También podríamos decidir que se trata de un acto de sensatez económica. Hablamos de un grupo que perdió sus primeros millones en un fondo de inversiones y que dilapidó dinero y energía en litigios que enfrentaron a Roger Waters y sus excompañeros, con batallones de abogados discutiendo -va en serio- si su famoso cerdo hinchable era macho o hembra.

Las razones para semejante oleada de lanzamientos son varias y reveladoras de la mentalidad dominante entre la aristocracia del rock. Esencialmente, sienten que se les acaba el tiempo. En la pasada década, Pink Floyd se vistió de luto por dos miembros fundadores (Syd Barrett, Rick Wright) y su manager (Steve Rourke). Saben que su modelo de negocio -la venta de música en soportes físicos- está en peligro: quizás en pocos años haya desaparecido la infraestructura que convirtió los discos cumbre de Pink Floyd en fabulosas minas de oro. Además, aprovecharon las recientes turbulencias en EMI para conseguir las mejores condiciones contractuales posibles: la compañía sencillamente no podía permitirse perderlos tras las marchas de Radiohead, Paul McCartney o los Stones. Finalmente, el grupo está aparcado: puede que Dave Gilmour y Nick Mason toquen alguna vez con Waters, el más activo de ellos, pero difícilmente habrá una gira como Pink Floyd y ni pensar en nueva música.

Ocurre que la banda tiene un buen fondo de armario. Ahora sale a la superficie, entre otras rarezas, un Wish you were here con Stéphane Grapelli tocando el violín. Pero los fieles quieren más: los restos de aquel disparate, Household objects, cuando pretendieron hacer un disco entero sin instrumentos musicales. Sobre todo, se ansía acceder al material grabado con el desdichado Syd Barrett, incluyendo el repertorio de rhythm and blues que tocaban en sus inicios. Conviene recordar que Pink Floyd no significa Fluido Rosa: es la amalgama de los nombres de dos obscuros bluesmen, Pink Anderson y Floyd Council. Hasta el rock más arquitectónicamente monumental contiene algo del ADN de la primitiva música negra.

Reportaje / ElPais.com