imagen-10646144-2-pngSi por un instante usted se pudiera desprender de todos los privilegios que ha tenido en su vida, desde su cuna en una familia rica, su educación en una de las mejores universidades del país, sus pasantías en universidades norteamericanas, sus puestos de ejecutivo en empresas familiares, su gobernación, heredada de su hermano, su alcaldía, hasta lo que heredará en el futuro de su familia, tal vez, repito, si usted se pudiera desprender de todo eso entendería lo que le pasa hoy a cientos de familias que han sido desplazadas por el gobierno que usted preside de las orillas del río.

Como sé que es imposible para usted desprenderse, así sea por un instante de sus prerrogativas y de su forma de mirar al mundo y a la ciudad, lo haré yo y miraré compasivamente a cada una de las personas maltratadas y vejadas desde su alcaldía.

Y veo un ejército de parias a quienes esta sociedad les ha negado todo y que por un momento siembran sus esperanzas en un puestecito de comidas en medio del jolgorio y el carnaval de miles de millones de pesos.

Veo a las lustrosas negras del Chocó desarraigadas de su selva y lanzadas a la ciudad como detritus, con sus hornillas de hojalata; a los jóvenes desesperanzados, a quienes se les ha negado el estudio y el trabajo con sus neveritas de icopor; a los campesinos de la tierra fría con sus callanas repletas de arepas de chócolo y quesito; a las viejas-viejas con sus freidoras improvisadas para las empanadas de parroquia y de papa; a los crispeteros y algodoneros de de carritos de gasolina; a las mujeres robustas relleneras de Tejelo con sus poncheras de menudos y de obispos; a los inventores de culebritas y perros de alambre y de espuma; a los voceadores de pitos de gallinas culecas y de berrinches de niños; a las juiciosas familias de las papas rellenas, de los chorizos antioqueños, de los tamales y las hallacas, de las carimañolas, del sorbete de borojó; los vendedores de mango biche y de piña.

Y veo más: a los Chaplin y Marceau de caras blancas y silencios burlones; a las estoicas estatuas vivas de recogedores de café y de dorados mineros; a quienes ofrecen el ingenuo disfraz de diablo o de Santa; a los vendedores de sombreros de todas las especies; a los culebreros sin culebras, a quienes ofrecen la ilusión a los niños con un globo de helio y a los hinchas de los equipos una cachucha del Medellín o del Nacional; veo también a los fotógrafos hijos del cajón de Melitón y a los artesanos del cuero y de la lana.

Veo en fin, a la tribu que inventó la fiesta, a los honradores de nuestra idiosincrasia, a gente pobre y luchadora que pone esperanzas en los visitantes de los alumbrados del río para completar sus menguados ingresos del año en los días de las fiestas y del jolgorio.

Usted, con su ciudad de servicios y con sus sueños de ciudad innovadora le ha dado la espalda, no solo a la tradición sino a unos ciudadanos que merecen el respeto y toda la atención de la administración municipal.

Cambiar ese paisaje bucólico de arraigo cultural por pizzas industriales y pollos fritos de industrias gastronómicas no solo muestra su ignorancia del fenómeno de una ciudad, sino su alma endurecida de gobernante despótico contra los pobres y necesitados de una ciudad en crisis.

Usted, que se paga de ser un cosmopolita y hombre de mundo lo reto a visitar, por ejemplo, la elegante Berlín para que vea en el tiempo de la navidad en la empingorotada Under den Linden Straße los tenderetes de comidas tradicionales, las salchichas de todos los colores con pan y chucrut, las papas asadas, cerveza de todos los aromas, alcoholes de todos los sabores y artesanías de todos los rincones de la disciplinada Alemania.

No solo es un derecho de esos ciudadanos el rebusque de los esquivos pesos sino una obligación de la administración municipal protegerlos.

http://analisisurbano.com/2013/12/07/la-navidad-del-rio/

 

 

 

 

Rodrigo Saldarriaga

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