
Si alguna vez has sentido el peso de la soledad, no estás solo. Y no, no es un juego de palabras. No solo los humanos experimentamos la ausencia de compañía: los árboles también la sienten.
Lejos de ser seres pasivos, los árboles forman comunidades complejas, donde cada miembro juega un papel fundamental en el equilibrio del ecosistema. A través de redes subterráneas de hongos, intercambian nutrientes y agua, enviándose señales para alertarse sobre enfermedades o ataques. Liberan sustancias químicas para protegerse entre sí y regulan, en conjunto, la humedad y la temperatura del ambiente. Es un sistema colaborativo invisible, pero vital.
Sin embargo, cuando este entramado natural se rompe, los árboles sufren. La soledad les afecta. Cuando se plantan en monocultivos, aislados de otras especies, su bienestar se deteriora. Sin la diversidad de flora y hongos a su alrededor, pueden sobrecalentarse, dejar de realizar la fotosíntesis e incluso volverse más vulnerables a enfermedades. En algunos casos, la falta de comunidad puede ser letal.
Como los humanos, los árboles necesitan compañía para prosperar. No solo sobreviven mejor rodeados de otros seres vivos, sino que su capacidad de adaptación y resiliencia aumenta cuando habitan en ecosistemas diversos y saludables.
Apoyar soluciones basadas en la naturaleza que fomenten la biodiversidad y el bienestar en las ciudades no es solo una cuestión ambiental, sino una forma de reimaginar nuestra relación con el mundo que nos rodea. Porque al final, todos necesitamos de los demás para seguir creciendo.