
En vísperas del ritual sonoro de Rrose, resulta inevitable pensar en todo lo que su presencia encarna: una figura que no se deja leer con facilidad, que no necesita mostrar su rostro ni hablar demasiado, pero que al pisar una cabina transforma el espacio en algo casi espectral. Pero más allá del nombre propio, lo que realmente fascina es lo que representa: una corriente subterránea en la historia del techno donde el anonimato, el disfraz y la ambigüedad no son accesorios, sino ejes centrales de creación.
Desde los albores del género, han existido artistas que entendieron el sonido como un acto de disolución del yo. Máscaras, seudónimos, identidades rotas o múltiples: herramientas para romper con lo normativo, para escapar del protagonismo y devolver el foco a la experiencia compartida. DJ Sprinkles, por ejemplo, convirtió el deep house en un manifiesto transfemenino, sensible y político. Miss Kittin torció la figura clásica de la mujer en la pista, reemplazando el objeto de deseo por una voz potente, distorsionada, cerebral. Aphex Twin, con sus rostros imposibles y humor perverso, jugó con el terror y la ternura desde un anonimato elocuente. Jeff Mills, bajo el nombre de The Wizard, transformó la técnica en hechicería, haciéndose omnipresente y esquivo a la vez.
Estos artistas, como otros tantos que han preferido lo enigmático a lo explícito, han construido una genealogía dentro del techno donde lo sonoro es una extensión del cuerpo mutante. No es casual que en muchos casos esa mutación haya estado ligada a una exploración de lo femenino, no como adorno ni como marketing, sino como energía simbólica y fuerza disruptiva. Lo femenino, en este contexto, aparece como ruptura, como desvío. No como opuesto de lo masculino, sino como algo que desborda los límites de cualquier dicotomía.
En esta tradición, hay quienes han llevado el gesto aún más lejos. No solo para ocultarse, sino para invocar. Para convertir cada set en una performance que cuestiona el género, la identidad, el protagonismo. Y aunque no todos los nombres resuenan en el mainstream, sus aportes han reconfigurado el espacio sonoro y simbólico del club. Porque en la pista, como en la vida, hay quienes se presentan no para ser vistos, sino para hacernos mirar distinto.
Así, en este archivo expandido de gestos y voces, el eco de una figura como Rrose cobra sentido. No como eje, sino como excusa. Una invitación a recorrer las capas del techno que no siempre están a la vista. A escuchar no solo con los oídos, sino con el cuerpo entero. Porque cuando el beat golpea, las máscaras caen, los límites se disuelven y el sonido se convierte en un espacio donde lo humano se reinventa.
Y en ese espacio, incluso lo invisible tiene una voz. Una que no necesita nombre para hacerse sentir.