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Sus propuestas son tan claras como polémicas: no más UPJ para los colinos (marihuaneros), ser actores reconocidos en los diálogos de paz de La Habana, cese de amenazas en su contra y apoyo para la permisividad y extensión de espacios de consumos en colegios y universidades así como para autocultivos de marihuana en Bogotá.

Eduardo Vélez, el ‘Profesor’, se enorgullece de ser uno de los primeros defensores de la causa en Bogotá desde un rincón de la Universidad Distrital. “Estamos más organizados que nunca. En todas las universidades los jóvenes consumen dentro o fuera. Comencemos a discutir sobre el uso regulado de la marihuana”, dice entre otros planteamientos.

El consumo en universidades ha sido comprobado incluso a nivel internacional. De acuerdo con el Segundo Estudio Epidemiológico Andino sobre consumo de drogas en la población universitaria (2012), conducido por la Comisión Interamericana para el Control del Abuso de Drogas de la Organización de Estados Americanos, un 31,2 por ciento de universitarios del país declararon haberla usado alguna vez en la vida, es decir, prácticamente, uno de cada tres estudiantes. La mayoría, a los 18 años.

Pero pese a la realidad que revelan las cifras, organizaciones como Redpapaz fueron claras en sus posturas. “Deben irse olvidando quienes quieren consumir marihuana en colegios y universidades. Nos corresponde ofrecerles a nuestros hijos y las universidades a sus alumnos opciones sanas y enriquecedoras para el buen uso del tiempo libre lejos del alcohol, el cigarrillo y la droga”, dijo Carolina Piñeros, directora de Redpapaz.

Aunque EL TIEMPO quiso conocer la opinión de algún vocero de la Conferencia Episcopal y de rectores de universidades, los dos actores prefirieron no pronunciarse sobre el tema.

Vélez sabe que la propuesta genera controversia pero dice que están dispuestos a pactar acuerdos de convivencia, como que estos espacios no puedan ser usados para perturbar la tranquilidad de los vecinos, convertirlos en expendio o en zonas de uso privado o irrespetar a los niños, puntos básicos que, dicen, han llegado a los oídos de varios rectores. “Los consumidores de marihuana son, significativamente, menos problemáticos que los que consumen alcohol u otras drogas”, explicó.

Con estas premisas surgió el Carnaval Cannábico, que solo el año pasado convocó a unas 2.000 personas y que este fin de semana quiso atraer a más partícipes de sus propuestas, a pesar de los escasos recursos con que cuentan. “El consumo de marihuana debe dejar de ser un tabú. Profesionales de todas las clases lo hacen”, dijo Vélez. El colectivo no solo debate sobre el uso recreativo. De este movimiento también hacen parte dueños de cultivos locales y trabajadores de las fibras que se desprenden de la mata. Juan Pablo Guzmán trabaja desde hace años en Corinto, Caloto y Toribío (Cauca), en el reguardo indígena de Tóez. “Hay que reivindicar el uso alternativo del cannabis. Del cáñamo, su tallo, se pueden hacer desde tela hasta ladrillos”.

Este hombre recorre el país ofreciendo cremas, gotas, aceites y pomadas a cientos de personas que sienten mejoría para diferentes tipos de dolencias. “Somos parte de Colombia. Cada familia del país tiene por lo menos un marihuanero. Una hectárea de cáñamo reemplaza la destrucción de cuatro de árboles para sacar papel. Hay que quitarles el negocio a los narcotraficantes y darles espacios a los que queremos investigar”, explicó.

El debate
El uso terapéutico del cannabis o de derivados de la planta es avalado por unos y criticado por otros.

Expertos como Martha Suescún, directora de la Fundación Libérate, piden que de abrirse el debate se establezca la diferencia entre adictos a la droga y personas que logran un consumo regulado. “He visto niños que llegaron a la dependencia y comenzaron con la marihuana” en tanto que otros como la médica especialista en terapias alternativas Diana Peña, explican que sí es posible, a través de sustancias extraídas del cannabis, lograr tratamientos a adictos con consecuencias menos lesivas.

Para el secretario de Salud Aldo Cadena, lo primero que se debe aceptar a la hora de plantear la discusión es la existencia de una problemática inocultable. “Hay habitantes de calle adictos. A unos hay que tratarlos y a los otros, dejar de verlos como delincuentes. Hay estudios serios en otros países sobre el uso terapéutico y recreativo de la marihuana. Démosle luz al tema”.

Pero el debate va más allá. Para sociólogos como Camilo Castiblanco, que aunque está de acuerdo con la legalización de esta droga, la discusión del punto más álgido de la lista de propuestas se debe centrar en el respeto de los espacios académicos. “Se ha luchado para sacar el cigarrillo y el alcohol de los entornos universitarios sin éxito. ¿Con qué argumentos se permitiría ahora el uso de marihuana?”, dijo. Pero estudiantes como Lizeth Rincón se mantienen en sus ideas. “Más que la legalización, pedimos espacios de tolerancia. Hay que romper con los intermediarios. De ahí se ha desprendido toda la violencia por la venta ilícita de las drogas”.

Y apoyando ideas como estas, otros como Felipe Repiso ya son dueños de cultivos caseros. “Yo tengo veinte plantas, las permitidas para no ser consideradas un cultivo ilícito. El resultado: no enriquezco a narcos. Eso limpia la sangre que el narcotráfico le ha dejado a una planta históricamente maravillosa”, dijo. No son los únicos; movimientos similares surgen en varias universidades, y dicen que este año ya preparan proyectos de envergadura para vencer el tabú.

CAROL MALAVER
Redactora de EL TIEMPO
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