Pensar la cultura en una ciudad nueva, que se está reestructurando para el disfrute del espacio público no es una responsabilidad exclusiva de instituciones públicas y privadas. Las comunidades también deben comprometerse con los nuevos procesos de los que ahora son protagonistas

En los últimos años hemos sido testigos de una transformación de ciudad que busca, según todos los indicios, generar espacios para que todos sus habitantes tengan acceso a ofertas culturales permanentes, a través de la creación de lugares propicios para ellos.

Recibimos así la construcción de los Parques Biblioteca y los Centros de Desarrollo Cultural, así como la remodelación de importantes espacios ya existentes, lugares que reciben a los habitantes de diferentes barrios de la ciudad, dando a todos la misma importancia de la que se revisten quienes tradicionalmente han ingresado a este tipo de ofertas, aquellos que viven en los sectores aledaños a centros culturales reconocidos, aquellos que tienen acceso a educación superior, o aquellos que poseen los medios económicos para pertenecer a ciertos círculos a veces limitados.

Sin embargo, el acceso a la cultura, teniendo en cuenta cultura como ese concepto restringido que sólo abarca manifestaciones concretas y expresiones artísticas, no necesita sólo de espacios, estos no se bastan por sí solos. Lo más importante para lograr esa equidad en materia de cultura es un cambio de actitud por parte de sus beneficiarios, pues de nada sirve que una administración se ocupe de formular propuestas en cuanto a infraestructura y a programas de intervención si las personas a quienes se dirigen conservan esa tara mental que le impide reconocerse como ciudadanos que pueden acceder y disfrutar de estas nuevas posibilidades.

Pensar la cultura en una ciudad nueva, que se está reestructurando para el disfrute del espacio público no es una responsabilidad exclusiva de instituciones públicas y privadas. Las comunidades también deben comprometerse con los nuevos procesos de los que ahora son protagonistas, y la mejor manera es hacerse partícipes, y no sólo esperar a que se les dé, se les entregue o se les invite.

Esta ciudad sólo verá resultados contundentes –y hay que aclarar, y admirar, que ya los está viviendo– cuando sean los ciudadanos quienes más se apropien de los espacios, los recreen, dimensionen y valoren según sus criterios, creencias y características particulares. Cuando son los ciudadanos quienes ponen esa cuota que diferencia un nuevo centro cultural de los que siempre han existido, nos acercamos más a una ciudad participativa y equitativa, lo que indudablemente proporcionará mayor dignidad para todos los barrios, estratos y condiciones sociales y económicas.

Hay que acabar poco a poco con la mentalidad autoexcluyente, insípida y de autocompasión que muchos ponen de manifiesto, hasta considerar incluso estas nuevas posibilidades como amenazas a su integridad, calidad de vida y dignidad. Siempre se ha dicho que el problema de los colombianos no es de plata sino de mal gusto, y ese mal gusto, en este caso, puede definirse como la incapacidad que muchos tienen de ser parte de las transformaciones, porque ser parte implica proponer y aportar, mientras que la salida fácil es simplemente esperar que las soluciones toquen a la puerta y se instalen por sí solas. No. En esta nueva ciudad la cultura debe ser propuesta por todos.

La cultura debe ser pensada no sólo para todos sino por todos, de esta manera logrará ser duradera e inmune a las políticas y usos que desde arriba se le quiera imponer, para evitar, por ejemplo, que gobernantes inescrupulosos, que ponen sus ojos sólo en ciertos sectores de la sociedad -los que más favorecen sus intereses, por supuesto- frenen y hasta devuelvan procesos exitosos de educación y cultura en los que la población ahora está inmersa. De ahí que en el pensar la cultura para una ciudad nueva todos deben estar involucrados.

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