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Los tildaron de animales, brutos, salvajes, y hasta satánicos, pero lo que fundó la conquista Europea en América no fué nada menos que la codicia, la historia escondió todo acerca de los abusos socioculturales y el grave etnocidio realizado a todas las regiones de Centro y Sudamérica, aquí les dejamos un recuento hecho por la publicación ALMA, CORAZÓN, VIDA

Masacres, asesinatos, amputaciones de manos y pies, heridas curadas con aceite hirviendo, violaciones… semejantes crímenes parecen sacados de una mente perturbada. Sin embargo esto era el día a día en las batallas que tuvieron lugar durante la conquista de América. Un periodo de nuestra historia que tiende a mitificarse obviando sus pasajes más oscuros.

 

 

 

Theodor de Bry, grabado de la serie América
Theodor de Bry, grabado de la serie América

 

Las medidas que se tomaron fueron muy duras. La conquista de América fue un proceso terrible, muy alejado de la imagen idílica que habitualmente se tiene. No fue en absoluto un conflicto de baja intensidad. Fue una guerra muy dura bajo el paraguas jurídico-religioso del derecho hispano a su presencia en aquellas tierras con el único interés por la civilización y la evangelización de sus habitantes, cuando más bien lo que se escondía era un deseo brutal por obtener riquezas. Como se ha afirmado, la codicia fue el verdadero motor de la conquista. Leyendo numerosos testimonios de la época es evidente que fue así. Los conquistadores siempre se presentaron a sí mismos como héroes, sus ejemplos eran los antiguos hacedores de imperios: Alejandro Magno, Julio César… Los intelectuales de la época jugaron un papel importante transformando sobre todo a Hernán Cortés, y en menor medida a Francisco Pizarro, en nuevos héroes a la altura de los mencionados. Esa imagen fascinó y convenció a lo largo de los años, sobre todo en un país en el que no hubo grandes “héroes” a partir del siglo XVII.

En realidad todo el mundo es más o menos consciente de que tenemos una factura pendiente con los descendientes de las poblaciones aborígenes. Pero no sólo los españoles, sino todas las potencias europeas imperialistas en las épocas moderna y contemporánea. No hay que tener miedo a la hora de reconocer que cualquier imperialismo es expansionista y agresivo por definición, y prácticamente todos ellos usaron de la crueldad. Lo mejor es tenerlo claro, estudiarlo y aceptarlo para encarar cualquier crítica que se pueda hacer. No somos ninguna excepción. No somos ni mejores ni peores que los demás. Hay que entender este tipo de realidades, conocerlas y procurar erradicarlas en nuestro presente y en el futuro. Allí descubrí numerosos testimonios de las técnicas utilizadas para someter a las poblaciones aborígenes, todas ellas basadas en el terror, la crueldad y la violencia extrema. Una realidad muchas veces obviada por otros historiadores.

En la América Hispánica no hubo demasiado interés por que los relatos de los cautivos caídos en manos de los indígenas saliesen a la luz, e incluso se intentó soslayar su importancia. En el norte del continente (en la configuración territorial de los actuales Estados Unidos), la política imperial española durante los siglos inmediatos a los prolegómenos de la conquista tendía a silenciar la información proveniente de expediciones.

Claramente, de la atomización cultural aborigen imperante antes de 1492 se pasó a una cierta uniformidad cultural, pero una y otra vez se nos quiere dar a entender que sólo por la adquisición de un idioma europeo el beneficio obtenido puede justificar cualquier exceso cometido, y hay quien duda de que se cometieran excesos. En el caso de América, el etnocidio cultural cometido durante y después de la etapa colonial hispana es evidente.

En la historia del continente norteamericano, las fronteras funcionaron como motor que proyectó dinamismo al nuevo, pujante y expansivo imperio, pero la llegada de los europeos representó un violento temblor que desequilibró las relaciones entre vecinos. Los asentamientos europeos forzaron alianzas y desavenencias. El mapa de América tembló bajo los cascos de los caballos y las bruñidas e impactantes corazas, bajo las fauces de los terribles perros de presa alanos, y una artillería jamás nunca vista, bajo las cerradas descargas de arcabucería y las inmisericordes cruces que en modo alguno representaba al más grande ideario propuesto por uno de los profetas de mayor proyección de la historia, el llamado Cristo. Pero aun aceptando cierto nivel de generalización, se puede diferenciar el obsceno comportamiento de los “Pilgrims” y puritanos que colonizaron Nueva Inglaterra, que generaron un nivel de desconfianza hacia los indios enorme (véase el caso de las confederaciónes Alconquines con su resistencia extrema).

 

Theodor de Bry, grabado de la serie América
Theodor de Bry, grabado de la serie América

Todas las poblaciones aborígenes sufrieron un trato equivalente al de la esclavitud, conociendo los muchos excesos cometidos, tiene que buscar una justificación adecuada. Y el idioma, por lo que vemos, es esa justificación. Sería algo así como la herencia amable recibida.

Siempre hay exageraciones a la hora de presentar, por ejemplo, los efectivos del enemigo, porque de esa manera justificamos y magnificamos no sólo la victoria conseguida, sino también las medidas terribles que se hubiesen podido tomar. Por otro lado, he detectado algunos casos en los que hubo una clara voluntad más que por esconder, por reducir a la baja las consecuencias de determinadas conductas basadas en la crueldad, en el terror.

Prevaleció la noción de que los indios estaban relacionados con el satanismo o que eran directamente seres diabólicos. Al revés, los franceses estaban directamente interesados en comerciar con los indios y, por ende, cultivaron su amistad, aunque esta tuviera un trasfondo utilitarista. Los españoles contemplaron a los indios como parte de las riquezas a explotar en el nuevo mundo, pero la intervención del humanismo cristiano con figuras como Bartolomé de las Casas, generó un extenso debate sobre la naturaleza del indio. ¿Eran hombres o animales? El debate concluyó con la noción de que los indios eran humanos en un estado de adolescencia que, en términos cristianos, ya fuera por reduccionismo o conveniencia de mitigar los intereses de los comendadores, se articuló en el concepto de “infantes en la fe”, que podrían llegar a su mayoría de edad trabajando para redimirse en dichas encomiendas.

En las colonias inglesas del este del continente norteamericano, especialmente en los siglos XVII y XIII a través del cautiverio, se afirmaron ciertas creencias arraigadas como estereotipos culturales del período: que los indios eran salvajes e instintivamente crueles, que el movimiento de expansión europea era una misión de destino manifiesto. De alguna forma, argumentando sobre la inferioridad y salvajismo de los indios, los blancos justificaban su dominación y exterminio, caso mucho más acusado en aquellas latitudes donde los anglos hicieron verdaderos estragos.

¿Por qué preocuparse, pues, del conocimiento de aquellos indios agresivos y agrestes, salvajes y semidesnudos, que vivían tierra adentro? Razonamientos de este tipo inhabilitaron el interés por el conocimiento de sus habitantes. La pasión descubridora no fue generada por el deseo de explorar sino por el hallazgo de aquellos mitos, la leyenda de Cíbola y las siete ciudades de oro, las inmensas riquezas del malogrado Atahualpa, el País de la Canela, El Dorado, el oro de Moctezuma, etc, que habían mantenido viva la energía de la conquista. El aspecto humano fue relegado a un segundo plano.  Un nuevo mundo “inocente” pero a la vez bárbaro; libre, pero lleno de contradicciones, y formado por tribus de diversa apariencia física, distinta lengua y sociabilidad cambiante.

Simplemente que cadauno juzgue con su ADN e instinto indígena o colonizador que lleva por dentro.

 

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