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Por: Pedro Alfaro

Imaginemos por un momento edificios moldeables, que se transforman a cada instante. Alguna vez se me ha ocurrido definir la música como arquitectura, o escultura en movimiento, que el compositor diseña y el intérprete moldea. Esto es algo que forma parte de su grandeza y misterio. Y luego ¡paf!, desaparece y “solo” queda el recuerdo, quizá algo de la emoción vivida, imposible de fotografiar.En la música, una pequeña partícula, puede desencadenar una construcción que se va desarrollando en el tiempo pulso a pulso, compás a compás. Si la lógica interna es buena, la construcción prevalece, si no, pierde su interés. Todo depende también del intérprete, quién puede convertir la mejor de las construcciones en una caricatura de sí misma o dignificar una construcción desequilibrada o incompleta gracias a su capacidad de dar sentido, superando en ocasiones al creador de la misma…

Desde que empecé a generar actividades musicales para el desarrollo de equipos profesionales, son muchos los que han visto en la música un elemento clave para impulsar actitudes creativas.

Lo contrario de la creatividad es la omisión de ideas, es decir no hacerme caso a mí mismo cuando tengo una idea o a los demás cuándo la tienen, y la falta de confianza y el miedo tienen precisamente este efecto en las personas.

Además, cada vez existe un mayor interés en promover la proactividad en los equipos. Ya no basta con hacer lo que se espera de ti sin fallar, sino que en muchos equipos se valora y exige iniciativa creativa.

Una lógica reacción a esa exigencia, es afirmar que no todo el mundo es creativo, y una sólida respuesta a la misma es puntualizar que lo que nos distingue de máquinas y animales es precisamente esa capacidad de crear, que es además, la que nos va a dar mayor valor añadido como profesionales en cualquier campo, más ahora que son precisamente las máquinas, las que pueden ejecutar aquellas labores más repetitivas y analíticas.

El primer error de base es pensar que o se es o no se es creativo. Puede haber personas con más capacidad creativa y personas con menos, pero en todo caso, todos tenemos un grado, mayor o menor de creatividad. Esa capacidad depende en gran medida de la educación recibida, del entorno y de la confianza que tenemos en nosotros mismos para adoptar esa actitud, porque en definitiva, la actitud es probablemente nuestro mayor aliado para crear. Y aun así, a veces no basta, porque no deja de haber algo misterioso en la creación (por eso siempre hablamos de “inspiración”).

Lo contrario de la creatividad es la omisión de ideas, es decir no hacerme caso a mí mismo cuando tengo una idea o a los demás cuándo la tienen, y la falta de confianza y el miedo tienen precisamente este efecto en las personas. El miedo a fallar puede bloquear hasta tal punto a un músico, que le produzca temblores en las manos que le lleven precisamente al fallo. Casi todos los músicos de cuerda que hemos tenido que tocar ante tribunales conocemos esa sensación de “tiritera del arco”.

El paso del miedo a la creación podría parecer un click, pero no lo es, porque nuestra psique tiende a traicionarnos e igual que uno arrastra vicios en la postura corporal que nos acarrean dolores y resultan difíciles de corregir, es normal que también existan vicios en la actitud difíciles de cambiar. Es como una especie de síndrome de Estocolmo.

A mi modo de ver el camino para la creatividad es soñar con ella, que es lo mismo que soñar con algo que no se conoce bien, y que en el fondo, valga la redundancia, es exactamente lo que pasa cuando uno sueña de verdad.

Y creer en el poder de la creatividad es imaginar, casi palpándolo, que existe un universo de posibilidades que uno ni siquiera conoce. Y lo más interesante de todo: crear es configurar elementos de la realidad en la medida en que uno mismo puede abarcarlos, o lo que es lo mismo, sentir como propia la relación que generamos con ellos de manera espontánea e instantánea. He aquí que una de las mayores fortalezas que concede la creación a su creador es el sentido de identificación con ella, hasta tal punto, que a veces resulta difícil distinguir si la creación pertenece al que la crea o viceversa.

Esta es la fantástica relación entre la creación y el sentido de pertenencia, cuyos efectos quedan patentes en los procesos creativos de los equipos. La fuerza de la creatividad compartida no recae solamente en el valor de aquello que se genera sino muy especialmente en el compromiso que implica en todos los participantes esa creación, que tiene en sí más energía que la de ningún salario. El tiempo invertido en ella es a mí entender eso: una inversión.

La conclusión es sencilla: no permitir el error genera miedo, el miedo genera falta de confianza, y la falta de confianza bloquea la creatividad, la inexistencia de participación creativa rebaja la motivación y los resultados son inferiores a lo esperado. El desgaste humano es importante y la fuga del talento inevitable.

Al contrario, admitir la posibilidad del error, pero al mismo tiempo la posibilidad de la genialidad, genera confianza, que a su vez genera compromiso y estimula la capacidad creativa. La participación creativa genera sentido de pertenencia y se despliegan nuevas expectativas que superan las anteriores. El entusiasmo se retroalimenta y el talento se desarrolla y se atrae naturalmente.

Algunos, adivinando esta comparación que hago con los equipos de trabajo podrán pensar que ni tanto, ni tan calvo, que la mayor parte de las veces tienes que aplicar la creación de otros, asumiendo como propias estrategias que nada tienen que ver con la propia creatividad.

A éstos les diría que esa la labor es la que tenemos los intérpretes, los “re-creadores” de obras que otros diseñan, quienes aplicamos nuestros esfuerzos para dar sentido y apropiarnos de la obra interpretada. Eso sí, mejor si la obra que te toca es de Beethoven que si es un “Despacito”. Y si es el Gran Tango de Piazzolla, tampoco está mal.

 

 

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